Apuntes en vacaciones II: La insoportable levedad del arte.

He tenido la oportunidad de visitar la exposición de fotografía titulada “Obra-Colección. El Artista como Coleccionista”, en la Sala San Benito de esta ciudad. Estamos acostumbrados a excelentes exposiciones en esta sala dedicada desde hace tiempo precisamente a la Fotografía. El comisario resulta ser Joan Fontcuberta, lo que no deja de sorprenderme hasta cierto punto visto el resultado.

Ciertamente, el cambio de la tecnología analógica a la digital ha permitido una masificación tremenda en el mundo de la fotografía. Uno (que para nada puede considerarse artista), salía antes con su cámara y dos o tres carretes (100 fotogramas). Había que pensar, diseñar, reflexionar en definitiva cada una de las tomas. Demasiado trabajo para estos tiempos. Ahora todo el mundo sabe cómo funciona la cosa: tome Ud. su cámara digital, dotada de una capacidad de memoria virtualmente infinita, y dele al disparador. Sin piedad. Alguna toma buena saldrá (o no). Así son las cosas. En términos del mundo de la ciencia, diríamos que la “relación señal-ruido” de lo que el usuario habitual, incluso instruido, hace es normalmente lamentable. Tan lamentable como pretender elevar esa “metodología” a la categoría de arte. No es evidente que lo que es comprensible en un usuario de a pie lo sea en quien se proclama “artista”, o sea creador.

En efecto, en la primera de las paredes pueden verse un millar de fotografías (un ciento arriba o abajo) hechas por el procedimiento de echarse a la calle y disparar sin tasa cada vez que el “artista” ve una prenda con un número. Nada de molestarse en encuadrar con un mínimo de dignidad. Afortunadamente, estas máquinas enfocan solas. En la segunda pared, otro millar de fotos ofrece la más insoportable colección de contraluces (mal hechos) que servidor de Uds. haya visto nunca, aunque no sea más que por su número aplastante.

Pero al menos estas dos paredes mostraban “obra propia”. El colmo llega ante la tercera pared. Un grupo organizado, que visitaba la exposición junto a su correspondiente guía, me impedían mirar el correspondiente millar de fotos, así que me dispuse a esperar. No pude evitar (ni quise) escuchar el patético esfuerzo de la pobre mujer (seguramente acostumbrada a trabajar en condiciones mucho más airosas) por transmitir a su público dónde estaba el “arte” en lo que miraban.

Al parecer, una pareja amiga del “artista” quería mucho a sus mascotas. Y cómo todo el mundo que quiere a sus mascotas, explicaba nuestra cicerone, les hacía muchas fotos. El “artista” descubrió el filón y decidió explotarlo. Cito, no de forma textual pero si en espíritu y algún detalle:

“¿Y que observamos en estas fotos según avanzamos? Si, ya lo están pensando: son muy malas. Los amigos del artista no sabían hacer fotos. De hecho, al pasar puede darnos la risa (sic). El talento del artista reside en “proponer” (fatídica palabra, esto es mío) que en la repetición de estas imágenes tan malas de los perros también hay arte”.

Naturalmente, no terminé la visita. Salí huyendo de la sala.

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